Decir que tengo complejo de Emilio es decir poco, porque hay días que poco más puedo hacer que abrir y cerrar la puerta cientos y cientos de veces. Quién dijo que yo no tenía paciencia?
Hace unos meses escuché en la terraza unos ruidos muy extraños. Salí a ver
Ha pasado el tiempo y Snake ha ido haciéndose adulto. Ya no es el niño alocado que corría sin saber por dónde. Bueno, esto sigue haciéndolo, pero es que a este gato se le va mucho la pinza. El caso es que un día de estos volvió a aparecer el gato invasor. Con sus dos bemoles llego, escogió un lugar soleado de la terraza y decidió echarse a dormir la siesta. Snake, que estaba por allí paseando, no salió huyendo, sino que se dedicó a observarle. Se pasó un tiempo que a mí me pareció infinito haciéndolo. Poco a poco iba acercándose un poco más al invasor, con pausa, con mucha astucia (este gato piensa que puede pasar desapercibido, pero ya os digo que con su tamaño esto es poco menos que imposible), iba ganando posiciones. Y yo observando. Y el invasor miraba a Snake y luego me miraba a mí, y viceversa, como recordando aquella ocasión en que la mamá tuvo que socorrer al cachorro. Y Snake se acercaba. Y el invasor no se movía... hasta que observó que mi “hombretón” estaba demasiado cerca y decidió irse con el rabo entre las piernas. Recorrió toda la terraza maullando como si se le hubiera muerto la madre, que encogía el corazón escucharle. Mucho cuento es lo que tiene este bicho. Desapareció de mi ángulo de visión y vi cómo Snake recorría todos los lugares para encontrarle. No hubo forma.