
Tras desayunar y hacer el ritual cotidiano de despedida, salimos del
Ol Tukai con destino a Tsavo West. Los paisajes, las personas y los animales que te vas encontrando en la carretera hacen que el viaje, sólo con eso, merezca la pena. África es un continente especial, magnífico, grandioso donde los colores parecen diferentes a los que me rodean en Europa. Los babuinos salen a despedirnos y, queremos creer, a desear que pronto volvamos a vernos. Nosotros seguro les echaremos de menos. También es el momento de despedirse del Kilimanjaro, majestuoso, bestial, y de admirar una vez más a esas personas que dedican su vida, perdiéndola en el peor de los casos (y por desgracia con más frecuencia de la que sería deseable) escalando montañas así. Las jirafas nos devuelven a las sensaciones positivas. Estamos vivos y en un lugar con el que habíamos soñado, qué más se puede pedir? Pues siempre más,

porque siempre queremos más. Así que una familia de elefantes hace nuestras delicias paseándose en fila, como esas figuras tan monas que venden en muchos sitios y que todos habréis visto alguna vez, fila india, que le dicen. A la salida del Parque Nacional de Amboseli, nuevamente los masais se dedican a intentar vendernos todo lo que llevan y más. En mis brazos no caben más pulseras, por favor!! Me siento casi una de ellas, al menos voy igual de adornada, aunque todavía no me ha dado por afeitarme la cabeza ni cubrirme con una manta, menos es nada.



Llegamos a Tsavo, y allí al Shetani Lava Flow, donde el paisaje, absolutamente negro (lógico, nena, es lava!!) parece transportarnos a otro
planeta. Marte debe ser así, que no? Me lo vas a negar tú? Cuántas veces has estado allí? Pues eso. Que soñar es gratis, y el que no viaja por el Universo es porque no quiere. Sorprende ver aquí y allá plantas de un verde imposible, que a lo mejor resultan tan llamativas por el contraste con el negro. Parece increible que pueda crecer algo aquí, pero este continente nos está enseñando que no hay nada imposible, que la Naturaleza es absolutamente sabia y está “organizada” con mecanismos muchísimo más precisos que los de un reloj (por muy bueno y suizo que éste sea).
Unos kilómetros (bastantes) después, comienza a aparecer la vida, como en
cada ocasión, de mano de mis simpáticos monitos. De verdad que estos animales son fantásticos. Pena no poder tener uno en casa porque verle “jugar” con Chipie y Snake sería el acabose. Llegamos por fin a nuestro camp, el SEVERIN SAFARI CAMP, con casitas monísimas y rodeado de tierra seca por todas partes. Aquí no hay alambradas que separen a las bestias de los humanos (esta expresión siempre me hace pensar cuál es más bestia, pero eso es otra historia). Sólo un cartelito de piedra, en el que te ruegan que no traspases esa línea, por tu
propia seguridad. Que digo yo que pelín absurdo es porque los animales, que yo sepa, no saben leer, y de nada te servirá estar en “tu” lado de la línea si ellos deciden traspasarla, no? Nada más bajar del coche me quedo muerta con una de las plantas más bonitas que he visto en mi vida, la Adenium Obseum, o rosa del desierto, o pata de elefante. Impresionante. Sus tallos parecen, ciertamente, la pata de un elefante, mucho más anchas abajo (como aquellos pantalones de campana ridículos que tanto se han llevado y se llevan aún), y sus flores son de una belleza absoluta. Quiero llevármela sí o sí, pero el Costillo es un legalista de tomo y lomo y me dice que ni se me ocurra, que no quiere problemas en la frontera por mis dichosas plantitas. Pues nada, habrá que obedecer, porque sólo faltaba que me enchironen por unas semillitas de nada. Claro que eso no sería lo peor. Lo peor de todo sería, sin duda, tener que escuchar el “te lo dije”, que recontraodio con toda mi alma.



En la entrada de recepción tienen un montón de calaveras de diferentes animales y un montón de esa planta que pasará a ocupar mis sueños. Mientras el Costillo arregla todo, la reina, o sea yo, se dedica a disfrutar del paisaje sentada en un sofá comodísimo que hay en la terraza. Cientos de pájaros hacen mis delicias cuando se acercan a beber a una especie de fuente que hay “antes de la línea”. El lugar es absolutamente idílico, a pesar de estar tan seco

que parece que tener puestos los aspersores no sirva de nada. Tras el papeleo nos llevan a nuestra tienda, monísima, decorada con muy buen gusto hasta el último detalle. Me hacen gracia las huellas de felino pintadas en la pared, me encanta la piedra con la que han construido el lavabo... que haya hasta secador! (pero si no lo uso en casa, por favor) y que las papeleras estén preparadas para reciclar, invitándote a separar la basura. Y es que el camp es de un alemán y éstos hacen ciertas cosas que de verdad deberíamos copiar, y no me refiero a los Mercedes, no, sino a detalles tan importantes como estos, que un gesto que no nos cuesta nada, si lo hacemos todos, puede beneficiarnos y mucho.


Todavía no hemos visto monos en el camp, pero sí a una ardilla a la puerta

de una de las tiendas, no sé si iba de visita, pero desde luego parecía que estaba esperando a que alguien la invitase a pasar. También nos encontramos con otro “habitante” que a mí me hace bastante menos gracia, porque los reptiles me resultan repulsivos y me cuesta verlos hasta en la tele, así que ya no digo nada en vivo y en directo. Aún así, pongo mi integridad en peligro para hacerle la foto. No sale mal del todo, si hasta parece que está posando para mí! Dejamos todo en la tienda y nos vamos a comer, que ya hay apetito. El restaurante está en abierto por todas partes (menos por el techo, obvio) y es

una gozada disfrutar de una buena comida mientras los animales hacen su vida a tu lado. Se acercan un montón de ardillas locas por hincarle el diente a nuestros manjares, los pájaros siguen viniendo a tropel a beber, más allá aparecen los jabalíes, que parecen buscar trufas, de tanto empeño que ponen en escarbar la tierra, hasta las nubes se ponen sus mejores galas para hacer de este un momento inolvidable. Tras la comida y un pequeño ratico de relax, salimos para el game drive. Vemos jabalíes, jirafas, que me parecen bastante más oscuras. Hay varios tipos de jirafas, pero no he conseguido aprendérmelos, así que malamente puedo explicarlos. Bajo la sombra de un árbol nos encontramos un lesser kudu (lo siento, no sé su nombre en Español, precioso. Es como un antílope, pero en color gris oscuro casi negro y unas preciosas rayas blancas. Muy señorial. Casi tanto como el que hemos visto a la hora de la comida paseándose por los jardines.



Como estamos en la época seca (de ahí que los pájaros se vayan a beber a la

fuente del camp, donde saben seguro que sí tendrán agua), el paisaje es en algunos puntos desolador, los tonos ocres y amarillentos campan a sus anchas y el contraste con el azul intenso del cielo es brutal. En ocasiones vemos árboles que de tan pelados que están parecen muertos y se convierten en obras de arte perfectas. Nunca pensé que un arbolico tan pobretón pudiera gustarme tanto, pero me habría tirado horas haciendo fotos de esta naturaleza “casi muerta”, y de los babuinos que vuelven a salirnos al encuentro.

Llegamos al punto donde están los rangers. Haremos una excursión a pie

con uno de ellos. En esta ocasión es una mujer, muy agradable por cierto. Nos toca esperar un poco porque acaba de salir un grupo. La espera no es tan larga pensábamos, y es que cuando estás ahí quieres aprovechar hasta el último segundo y parece que no es suficiente con estar sentado disfrutando de lo que hay alrededor. Si es que lo queremos todo. Salimos con nuestra ranger particular. Nadie más viene con nosotros, ni falta que hace, que tres ya son multitud, aunque por nada del mundo prescindiría de esta buena mujer ahora. Nos lleva a dar una vuelta por una especie de circuito más o menos preparado hasta que llegamos al río... y empezamos a ver cocodrilos enormes, amén de alguna tortuga de tamaño más que considerable. Más allá, en medio de río los hipopótamos se dan a la buena vida. Cruzamos el puente y nos adentramos en una especie de caseta sumergida en el agua. Yo estoy cagada, lo reconozco, porque no sé si este invento no terminará cayéndose al agua y yo, con todos mis kilitos extra que en ese momento adoro, entre los dientes de uno de esos animales

impresionantes. Hasta puedes ver debajo del agua y le hago una foto estúpida a un par de peces que hay por allí. Para poder respirar, obvio, la caseta tiene ventanitas en la parte superior y yo termino de morirme de miedo al pensar que un cocodrilo meta por allí su bocaza y me arranque la cámara y de paso la mano con ella. Bonita experiencia, señor Costillo, pero yo mejor me voy a salir, eh. Salimos y la ranger nos lleva hasta una especie de plataforma desde la que contemplar mejor el paisaje y los tremendos ejemplares de cocodrilos que hay. Aquí, ya más tranquila, me doy cuenta de que estamos en el paraiso y de que toda la sequía que nos ha acompañado durante el viaje ha aparecido como por encantamiento. Todo es arboleda alrededor, las impresionantes acacias amarillas parecen multiplicarse y forman un curioso tapiz. Me pongo loca a hacer fotos, quiero guardar cada momento, cada lugar. Cada imagen me parece más bella que la anterior, hasta tal punto que incluso los árboles partidos (probablemente por elefantes) me parecen de una belleza supina.
(la foto cutre de los peces es para que podáis apreciar que realmente la caseta estaba dentro del agua).


Seguimos camino y vemos más jabalíes y babuinos. Y nos vuelve a llamar la

atención la curiosa forma que tienen las cebras de protegerse, colocándose de tal forma que puedan controlar si viene alguien non grato... aunque no siempre les resulta, pobres. No conseguimos ver muchos animales más, algún antílope y otros de especies parecidas, y también algún águila que otra, impresionantemente bellas, pero desde luego ha merecido la pena. Regresamos al camp y nos damos una ducha que nos deja nuevos. Fumamos unos cigarrines, que el vicio hay que

mantenerlo y nos quedamos extasiados con la paz que hay. Al llegar aquí nos dijeron que cuando quisiéramos ir al restaurante o a recepción, que tocásemos el timbre que hay en la terraza de la tienda, para que alguien venga a buscarnos. Así lo hacemos, y aparece nuestro protector que nos lleva hasta el restaurante. Cenamos a cuerpo de rey y pasamos a la zona “de estar” para tomarnos el café. Se está tan bien que no queremos irnos todavía a dormir, a pesar de que el día ha sido muy largo. Así que nos vamos hacia la zona donde está la hoguera con todas las sillitas alrededor para tomarnos unos copazos de

amarula, que está que podría beberla a morro. Bendito sea el cielo, qué gustazo! Estamos los dos solos, en silencio casi todo el tiempo, disfrutando de este lugar impresionante. Sólo interrumpe de vez en cuando el camarero, muy sutilmente, para traernos otra copa o cambiarnos el cenicero. Al fin toca retirada, que mañana será otro día y el cuerpo empieza a pasar factura. Nos acompañan nuevamente hasta la tienda y al abrirla vemos que han venido a prepararnos las camas y a poner el mosquitero. Si es que es fácil acostumbrarse a vivir así! Veremos cuando lleguemos a casa y tengamos que prepararla nosotros mismos!
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