domingo, 16 de noviembre de 2008

MASAI MARA. Miércoles, 17 septiembre 2008: DÍA 9.

Hemos quedado con William a las siete de la mañana, así que toca madrugar de nuevo, preparar las maletas (esta vez con toda la ropa bien limpia), ducharnos, desayunar y estar listos a las siete menos diez! Que no nos gusta que nadie tenga que esperar por nosotros. Antes de salir de Nairobi volvemos a pasarnos por el cajero, por aquello de que no será fácil (o al menos eso pensamos) encontrar sitios donde proveernos del vil metal. Nos ponemos en marcha, atravesamos de nuevo la ciudad y volvemos a observar el contraste tremendo que existe entre el centro y los barrios más marginales, donde ni siquiera tienen algo tan elemental (para nosotros) como el agua corriente o la luz eléctrica. En Nairobi viven aproximadamente tres millones de personas, constituyendo un crisol extraño de las cuarenta y dos tribus que habitan Kenia. Las más importantes son los Luo y los Kikuyu. A nuestro paso aparecen de nuevo innumerables mercados de flores, tienduchas que parecen salir de debajo de las piedras y teléfonos móviles, muchísimos teléfonos móviles, de los que la gente hace uso hasta el agotamiento. De hecho, cuando fuimos a visitar el Museo de Karen pudimos obserar que están retirando las cabinas telefónicas, pues nadie hace uso de ellas. En un lugar azotado por la pobreza sorprende ver estos aparatos del demonio sonando en cada esquina. Tristemente observamos que William es un adicto. Rezo para que no le de por enviar un sms mientras está conduciendo y terminemos como desayuno de alguna fiera sin nada mejor que llevarse a la boca.

Dejando atrás la “civilización” seguimos avanzando por una carretera, por llamarla de algún modo, que resultó ser peor que los caminos de cabras, y al estar en obras en muchos sitios, era más práctico ir por los “arcenes” (por darles un nombre) que por la calzada, impracticable en muchísimos tramos. En el camino, hacemos una parada para deleitarnos con las impresionantes vistas sobre el Rift Valley, tan absortos estamos que no nos damos cuenta, hasta que es tarde, de la presencia de dos vendedores pesados como he visto pocos en mi vida. Hasta que no nos llevaron a su “tienda” no pararon. Lo cierto es que no nos interesaba comprar nada de lo que había allí pero ellos dale que te pego y vuelvo a empezar. Al final, con nuestra paciencia en el límite, hicimos un trato con ellos: nos dejarían en paz si les cambiábamos algunas monedas de euro (es que los euros, en moneda, no se los cambian en ningún sitio y es como si no tuvieran nada. Otros espabilados te vienen con que coleccionan monedas para que les des algunas y luego usan el truco con el próximo turista para que se las cambie... la pescadilla que se muerde la cola). Afortunadamente no me di cuenta de dónde estaban construidas esas cabañas, de lo contrario no habría habido fuerza humana capaz de arrancarme del coche. Tremenda altura que salvaban con cuatro palos medio podridos... En fin, estoy aquí para contarlo y eso es lo importante. Hicimos otra parada, pero esta forzosa y “gracias” a la policía, que lo único que pretende es tocarte los huevos para que les des dinero. Ahí William anduvo fino y no soltó ni un chavo. Así que continuamos la ruta por una carretera realmente infernal y que, a pesar de las fantásticas vistas de las que íbamos disfrutando, nos resultó eterna. Para más inri estaban en obras, así que tocó volver a ir casi todo el tiempo por los “arcenes”. La parte positiva es que cuando las obras estén terminadas el viaje resultará magnífico, pues las vistas son impresionantes (incluso con la retahila interminable de baches, así que si encima se puede hacer sin padecer ese martirio, tiene que ser la pera!). Encontramos numerosos mercados por el camino, tan llenos de colores como los que ya habíamos visto. Mucha zona deshabitada, salpicada con una cabaña aquí y otra allá... hasta que llegas a poblados a reventar de gente y una vez que los pasas, el vacío otra vez.

Antes de entrar en el parque vimos una jirafa, gacelas y cebras que por sí solas justificaron el agotador viaje que nos había traído hasta allí, nos hicieron olvidar los machacones del cuerpo y nos llenaron nuevamente con la ilusión de ver cientos de animales. La última parte del camino (como una hora, más o menos) era todo campo a través, indudablemente más agradable que ir por esas pistas diabólicas, y viviendo el África pura. Había algún colegio, alguna población, pero la mayoría de los asentamientos siguen siendo poblados aislados o casas solitarias. En la entrada del parque, de nuevo, un montón de masais intentando vender algo. A este paso saldré del país con más pulseras de las que ellos llevan! Salen a nuestro encuentro más animales, ya no van con cuentagotas sino que aparecen grupos bastante numerosos que nos dejan alucinados. El Masai Mara es lo mismo que el Serengeti, sólo que el hombre, en su infinita sabiduría (nótese el ironismo, please) pensó que era una idea genial dividirlos por una frontera, irreal como tantas otras cosas que creemos a pies juntillas. Sin embargo, la Naturaleza (infinitamente más sabia) marca otra clase de frontera, sin ningún significado político y que se basa en lo diferentes que nos resultan ambos lugares, y que depende sólo de la lluvia: cuando uno está tan seco que parece imposible que exista vida allí, el otro aparece tan verde que la explosión vital te empapa. Aunque el tipo de vegetación es el mismo y la diferencia más notable es el grado de verdor que alcanzan por la mayor o menor presencia del agua.















Nos alojaremos en el FIG TREE CAMP, que está dentro del parque, por lo que llegar hasta allí ya constituye un game drive en toda regla. Vimos cientos, sino miles de milones de ñúes, muchísimas cebras y gacelas y una familia de elefantes. El verde del paisaje se salpica con cientos de puntitos lejanos que cuando te vas acercando resultan ser más y más y más ñúes. Impresionante. Nunca habíamos visto tanto bicho junto!. Y es que en esta época seca, los animales van buscando el agua por donde pueden y de ahí que ahora nos encontremos aquí con tantísimos ejemplares que han llegado hasta aquí tras un viaje larguísimo y que no tardarán en repetir, pero en sentido contrario. Nos encontramos también cinco o seis jirafas, una de ellas sentada en una pose de lo más sexy. Cuanto más viejas son más oscuro es su pelo. También un par de hienas durmiendo en sendos charcos. Estos animales son más bien nocturnos y por el día duermen, a poder ser en un charo, para estar más frescas. Una de ellas llevaba un gps pues hay un grupo de científicos estudiándolas. Nos sorprendió William al decirnos que es el mejor cazador, pues al ir en grupo es raro que se les escape la presa. Al final, de tanto verlas y de observar su más que curioso comportamiento, nos terminan resultando menos feas.

Llegamos al Fig Tree, adornado con cientos de flores de colores imposibles que destacan aún más sobre la uniformidad del paisaje. Hemos de atravesar una pasarela sobre un río para llegar hasta allí. Yo voy un poco acojonada porque después de lo vivido en los lodges no sé cómo llevaré eso de dormir en una tienda (mi espalda no está para muchos trotes y con el masaje del camino voy más que servida). Nos acompañan hasta nuestra tienda y la verdad es que se me empiezan a ir los temores. Dormiremos en cama-cama, y bastante amplia por cierto. Incluso si nos enfadamos podemos dormir en camas separadas, pues hay una matrimonial y otra individual. El cuarto de baño es muy grande y algo que desde luego mucho mejor de lo que me esperaba. Esto me pasa por ser tan cazurra, porque el Costillo ya me había enseñado fotos de los lugares a los que íbamos, pero yo siempre tan tremendista, me los había imaginado mucho peores. Dejamos nuestras cosas allí (las importantes en una especie de baúl que podemos cerrar gracias a lo prevenidos que somos y los candados que hemos tenido a bien llevarnos) y nos vamos a comer. Decidimos hacerlo en la terraza, pues la temperatura es muy agradable. Allí conocemos a Oliver, el magnífico camarero que se encargará de satisfacer nuestras necesidades mientras permanezcamos allí. La comida es buenísima y los pájaros intentan acercarse atraídos por su olor, pero un joven (y bello) masai lo impide, con palmaditas y silbidos. Y a mí me resulta, cuanto menos extraño, ver reconvertido a uno de estos nómadas-mata-leones en una especie de espantapájaros viviente. No le hice fotos, bastante tenía él con lo suyo, no os parece?

A los cafés se nos une William, con el que tratamos de arreglar las cosas que no están bien en el programa (entre otras el tipo de habitación y régimen de estancia en Mombasa), promete encargarse de todo, aunque el Costillo, que no las tiene todas consigo, le dice que quiere ver por escrito que las cosas se han arreglado. Tras la comida nos vamos un rato a descansar a nuestra tienda, que está enfrente de un río en cuyos árboles cientos de pájaros hacen sus nidos. Con tanta actividad a nuestro alrededor lo cierto es que todavía no he echado en falta ni la tele ni el ordenador... y el móvil para llamar a los Papis, que sino, se habría quedado también en casa. Nos han avisado que tengamos mucha precaución en dejar la tienda siempre cerrada, pues hay muchos monos y, como no tienen respeto por nada, si se encuentran la tienda abierta entrarán y revolverán todo hasta encontrar algo que les resulte atractivo. Si son unas galletas, suerte para los monos y para el inquilino. Estamos sentados en la terraza cuando vemos salir a una pareja dos tiendas más allá de la nuestra. Dejan la cremallera ligeramente abierta y antes de que pasen cinco minutos ya está dentro el primer mono!! El Costillo me lo contó y yo no podía creerlo y no lo habría creído de no haber sido porque otros cuatro monos estaban ya siguiendo al primero. Corrímos a avisar a uno de los empleados que vino y asustó a los monos. No quiero saber cómo habrían dejado las cosas de estos yanquis si no fuese por nosotros, porque estos graciosos animalillos revuelven roma con santiago hasta encontrar algo que llame su atención y, como no son muy materialistas, lo mismo les da una bolsa de patatas que una cámara de tres mil euros!





Tras la aventura con los monos nos reunimos con William en la recepción y salimos para el game drive de la tarde. Millones de ñúes aparecen esparcidos por todas partes, miles de cebras les acompañan, búfalos, gacelas, impalas... todos a una, como en Fuenteovejuna. Esas imágenes impresionantes que tantas veces habíamos visto en los documentales de millones y millones de animales que han llegado hasta aquí buscando el agua estaban ahora frente a nuestros ojos. Y te quedas sin palabras. En Ngorongoro habíamos vivido una pequeña migración que nos alucinó, pero nada comparado con la cantidad de animales que hay en el Mara en esta época. El cielo terriblemente azul, las llanuras impresionantemente verdes y tanto bicho por allí deambuleando hacen que no sepas muy bien hacia dónde mirar, pues todo, absolutamente todo llama tu atención y quieres que tus ojos se transformen en una cámara de vídeo y graben todas esas imágenes. No para recordarlas, pues olvidarlas se me antoja imposible, sino para poder reproducirlas con fidelidad y que tu familia y amigos disfruten de ellas. También pudimos volver a ver topis, mangustas, jabalíes, familias enteras, incluso algunas peleas por el territorio. Y leones, muchísimos leones. En unas horas pudimos ver dieciocho leones!! Primero tres leonas con sus bebés, tan juguetones como Snake y Chipie, ante la atenta mirada de sus madres, más tarde otra manada y por último tres machos como tres soles. Y mi odio hacia moscas, mosquitos e insectos asquerosos, que invaden los rostros de los reyes de la sabana como si nada. Que te encoge el alma ver cómo tienen la cara cubierta de estos bichejos asquerosos, y te dan ganas de bajar del coche y ponerte a espantárselas... aunque bastante trabajo tienes con espantar las tuyas cuando pasas tan cerca de las manadas
de ñúes.
Árboles repletos de buitres que otean el horizonte esperando que algún depredador cace una pieza de la que ellos puedan también sacar tajada(nunca mejor dicho), hienas dormilonas, empachadas quizás, descansan en las charcas, pájaros de cien mil colores que parecen imposibles, y tanta vida, tanta energía a tu alrededor que te hace, por momentos, no pensar en nada más.
Regresamos a “casa” con la impresión de haber vivido momentos inolvidables. Justo al lado de recepción hay una gran terraza en la que nos sentamos para tomar algo, mientras contemplamos a los monos saltando como locos por los árboles. Vamos a la tienda, nos damos una duchita calentita, ponemos las cámaras a cargar y nos preparamos para la cena. Cuando llegamos al restaurante, Oliver nos recibe con la mejor de sus sonrisas, nos lleva hasta nuestra mesa y nos damos el gran festín. A la hora de los postres, aparece también un grupo de masais que hace las delicias de todos con su espectáculo. El día ha sido agotador pero ha merecido la pena vivirlo. Ahora queda por delante una noche que a mí se me antoja difícil. Cierto que la tienda es muy mona y no le falta detalle, pero no es tan segura (o a mí no me lo parece, desde luego) como las paredes de "verdad". Qué criaturas extrañas rondarán por ahí en plena noche? Desde luego los sonidos son de lo mas tenebroso. Mejor no dejar volar la imaginación pensando quién puede hacer esos ruidos de ultratumba... Quién será el valiente que se atreva ir al baño?? No seré yo, vive Buda! Aunque la cama era muy cómoda me pasé muchas horas pensando en las musarañas y en la posibilidad de que una serpiente o cualquier otro reptil asqueroso tuviese la poca vergüenza de entrar y hacerme la pascua. Y eso que soy de pueblo!
Continuará...


Día uno, aquí.
día dos, aquí y aquí.
día tres, aquí y aquí.
Día cuatro, aquí.
Día cinco, aquí.
Día seis, aquí.
Día siete, aquí.
Día ocho, aquí.

14 comentarios:

BIRA dijo...

Odio y requetecontraodio que blogger haga lo que le salta del pppppppppp una vez subidas las fotos. He editado hasta el aburrimiento y no he podido dejarlo mejor. Es lo que hay. Me rindo!

Vivian dijo...

Ahh, sí que eres teatrera... ¡Justo imaginar una serpiente deslizándose derechito a tu hermoso cuello! ¿Para qué tenías al Costillo?
Como verás leo la travesía con efecto retardado, pero siempre paso a verte... ¡Tus desvaríos atraen!
Ando de paso, así que soy breve porque mañana viajo a los montes verdes por trabajo. No tengo novedades en el frente, por eso no te he escrito.
Recuerda que te quiero Birilla.
Un beso, dos, muchos.
Saludos a Yeray.

Chao pescao.

anapedraza dijo...

¡Ojalá no se nos vaya todavía más la cabeza y sepamos conservarlo!

Besos.

MIGUEL

conxa dijo...

BIRA, lo de blogger y las fotos....
no tiene solución,ni insistas jejejeje

Interesante el día de hoy, lo que mas me gusta es que siempre comisteis bien eh??? me encanta esa idea.

¿te dió susto dormir en la tienda? Creo que jaac y Sara todo el viaje fue en tienda, no?? Supongo que será cuestión de hábito.

Y muy curioso lo de el espantapajaros viviente.

Thiago dijo...

A mi hoy se me ocurre pensar que cómo somos los occidentales.. Traemos gas y petroleo desde Ruis e Iraq por oleoductos que es carísimo y no somos capaces de mandar agua a Africa...¿Te imaginas Africa tan grande y tan rica si tuviera agua para regar esas inmensas praderas? Pero claro si aqui para un trasvase entre autonomías andamos a piñas y eso que el agua es barata...

dios, cuando mas pienso en el ser humano mas amo a ....¡tus animales! jajaaj


Bezos.

Javi dijo...

Haces parecer que estás allí y escribiendo en directo. ¡Genial! Sigue así.

Bss.

geminisdespechada dijo...

vive Buda?? jeje. Yo tampoco dormiría tranquila, la verdad, la de cosas que pueden atravesar una tienda de campaña!!!

La chica de ayer dijo...

Te lo vuelvo a repetir: para cuándo el libro?

sonia7386 dijo...

Madre mia que envidia sana tengo cada vez que leo sobre tu viaje, y es que me quedo sin palabras al ver esas pedazo de fotos y leer esas historias que nos cuentas tan vividas de cerca de cosas que vemos por la tele. Ojala algun dia pueda conocerlo porque desde luego ver a los animales en plena naturaleza y viajar a la aventura me llama un monton jejejeje Por cierto... a mi me encantan las jirafas y las fotos que tienes de ellas me vuelven loca! Un besazoo

Ricardo Muñoz José dijo...

Viajar con la imaginación es un modo de viajar. Dijo Víctor Hugo; "Pobre del que no tenga imaginación para viajar a otros mundos". Y eso nos está pasando a la mayoría, leemos tus historias, vemos las imágenes, y adelante, ¡qué la imaginación haga el resto!

Bira, tu prosa es alegre y dinámica. Consigues que se viva "en directo" tus aventuras.
Volveré a visitarte.

Ricardo - Linde5

noelia dijo...

como ha dicho alguien es verdad que parece que estes alli y lo estes contando en vivo y directo que guay todo a mi tambien me gustaria vivirlo muaksssssssssssssss

noelia dijo...

a mi tambien me pasa a veces con bloger y las fotos que no las puedo dejar mejor me cabreo y lo dejo como se queda!!! muaks

gaysinley dijo...

Preciosas fotos, sobre todo la jirafa (que me encanta) y los leones.

Besos

JAAC dijo...

Si es que no se puede ir de tanto lujo :-) que luego cuando tienes que dormir en una tienda (de lujo también, eh?) nos da miedo ;-) Seguro que no tuvisteis ningún problema. A nosotros el guía en Serengueti nos dijo que si salíamos al baño de noche fuéramos con la linterna para ir ahuyentando a las hienas que se metían en el camping.

El paisaje al otro lado es totalmente distinto. Nosotros nos quedamos en Tanzania y sólo vimos amarillos, rojos y ocres. Había pocas plantas verdes por aquella zona.

Sí, Conxa, nosotros fuimos todo el viaje en tienda, del ejército y en saco de dormir sobre colchoneta en el suelo. Pero eso no hizo que el viaje fuera ni mejor ni peor, ¿eh? que para gustos los colores. Nosotros vamos ampliando nuestro equipo de "supervivencia" en cada viaje: primero las mochilas, luego las botas y parte de la ropa, sacos, sábanas y antimosquitos y lo último cazadoras impermeables. A ver cuándo nos hacemos con el equipo completo que en cada viaje nos gastamos un dinero extra en complementos.