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lunes, 1 de diciembre de 2008

Sábado, 20 septiembre 2008: DÍA 12. De NAKURU a AMBOSELI.


En cada uno de los lugares en los que hemos estado nos hemos sentido como reyes, y nos ha dado pena no tener más tiempo para disfrutar de esas personas y sus intalaciones unos días más, pero al salir del Maili Saba Camp esa impresión se multiplica por mil. Han sido tan encantadores que un trocito de nuestra alma se queda con ellos, deseándoles que lleguen a cumplir sus sueños, uno a uno. Tras servirnos un desayuno de dioses, con frutas, salsas hechas a base de frutas, y mil delicias más (que más que un camp parece un cinco estrellas, oiga) salen a despedirnos, como si fuésemos familia, todos a una, deseándonos buen viaje y que volvamos pronto, diciendo adiós con sus manitas. Adorables, pero hemos de continuar. Todavía faltan muchas cosas por ver, muchos lugares que visitar y quién sabe si personas tan interesantes y cariñosas por descubrir. (aquí, la página de UJIMA, que el otro día no fui capaz de encontrar, esta cabeza mía, que se encarga de enseñar a estos muchachos).


Desandando el camino andado, volvemos a pasar por algunos lugares que ya habíamos visto, como el mirador inmenso construido (ahora lo aprecio perfectamente) en un balconazo natural que me dan mareos sólo pensando que yo he estado ahí! Y que esas maderillas podrían irse al traste y ser un bonito, a la par que no deseado, joven cadáver. Lagargo lagarto. Y es que en el viaje tenemos ocasión de volver a quedarnos cuadriculados al ver cómo utilizan andamios de madera, sin importar mucho la altura a la que haya que subirse. Esto nos recuerda, aunque en otras cosas hay años luz, la impresión que nos llevamos en Hong Kong cuando vimos que para construir esos mastodónticos edificios utilizan andamios ... de bambú! Vamos, p’haberse matao. Que no me subo yo ahí ni por todo el oro de este mundo. Aquí no construyen esas alturas pero mi sensación de vértigo es parecida.

















Pasamos por lugares más poblados, pueblos de dimensiones ya considerables, en los que las casitas parecen algo más resistentes que las cabañas que hemos visto en otras zonas. Los tonos algo tristes de las casas contrastan con la ropa tendida casi ante cada hogar, poniendo una nota de color en el paisaje, que sigue siendo verde, aunque no tanto. El burro, pequeño y precioso, sigue siendo el animal más visto en estos lugares. A mí me da por recordar todos esos burritos que ya no queremos en el mundo “civilizado” y me pongo pelín nostálgica. Afortunadamente se me pasa pronto observando las caritas preciosas que tienen los que nos encontramos.


Llegamos nuevamente a Nairobi y nos plantamos en el Carnivore de nuevo. Estamos salivando desde que subimos al coche, recordando la panzada que nos pegamos allí. William nos ha dicho que todos los problemas están arreglados (al menos de los que él es consciente), pero el Costillo (que es peor que Don Erre que Erre) le dice que lo quiere por escrito y que quiere hablar con el jefe pero sí o sí. Que ya no valen disculpas, que nadie vino a recibirnos en el hotel cuando llegamos a Nairobi, que nos cambiaron un camp, que no sabemos, aunque William diga que sí, si está confirmada la suite para pasar las últimas noches, ni si tendremos cocinero privado o no. Y que hay cosas que no le están gustando nada. Le vuelve a repetir (se lo ha dicho mil veces) que en Tanzania todo fue perfecto, la organización extraordinaria y que esta compañía, de fama reconocida, nos está dando más de un dolor de cabeza. William, que ya no sabe qué hacer, vuelve a llamar a la oficina y le dice que el veremos al jefe, sí o sí.


En el Carnivore tampoco nos encontramos con el hombre este y ya empezamos a pensar que sería más fácil que nos reciba el papa de Roma que él. Pasamos de todo y nos dedicamos en cuerpo y alma a disfrutar, una vez más, de las sabrosas carnes, pero esta vez pasando de las que no nos hicieron demasiado tilín la vez anterior y poniéndonos morados de las que sí nos gustaron más. Como es de día podemos apreciar muchos más detalles y además estamos en una mesa situada en una terracita interior monísima de la muerte. Tras la comida y el café William viene a buscarnos. Sí habrá cita con el señor X. Ok, Mckey. Salimos del restaurante y en la plazoleta de aparcamiento todavía nos da tiempo a fumarnos un par de cigarros antes de que aparezca este paisano al que ya le tenemos manía, sin haberle conocido. Finalmente llega y la experiencia no debió ser muy grata para él, pues que un tipo de casi dos metros empiece a hablarte como una ametralladora no debe ser la parte más agradable de su trabajo. Dice que todo está arreglado, que lo del camp no se puede hacer de otra forma, porque hay una “guerra” entre los masais, sus vacas y los elefantes y que así es muy peligroso, que por eso el camp está cerrado. Le decimos que nuestra agencia en Holanda no tiene noticias de esos cambios y de que es algo de lo que se nos debería haber avisado, entre otras cosas, porque nosotros habíamos elegido ir allí, entre otras cosas, porque hay safari nocturno. Y ahora no podríamos hacerlo. Nos dice que es lo que hay. Del hotel de los últimos días de viaje nos dice que está todo confirmado: suite y cocinero privado, tal y como habíamos elegido y pagado. Entonces el Costillo, que ya está hasta los cojones, le salta con lo de pagar extra por el game drive en Masai Mara, sin decir nada de William. Y el hombre flipa. Y el Costillo, que es más puta que las gallinas, diciéndole que claro, no es para el guía, sino para el combustible (ja). Y el hombre: “Williammmmmm”. Y William, que estaba oreja avizor se presenta como un cerdito a la entrada del matadero. Y su jefe le dice que qué cojones significa eso de pagar extra, si todo estaba incluido. William, balbuceando como un niño pillado en falta, dice que es “acuerdo” al que ha llegado con nosotros. El Costillo le mira levantando la ceja izquierda. William aturullado, el jefe que lo pone verde, yo que digo voy a hacerme a un lado no vayan a caer hostias y me toquen todas a mí, que soy la más pequeña. Finalmente la sangre no llega al río, pero el Costillo dice que quiere hablar con el jefe supremo y que sino va a armar la marimorena. Le dicen que vale, que le veremos al llegar al que será nuestro último hotel. Por fin reanudamos el camino. William lleva la cara más larga que un oso hormiguero. No abre la boca en todo el camino. El Costillo tampoco, y yo ya no sé si tararear como hago siempre o mirar por la ventana y mantener mi boquita cerrada, que el ambiente podría cortarse con motosierra!!


Volvemos a sufrir las de Caín para poder abandonar la ciudad. El tráfico es infernal y en una carreterucha de mala muerte se aglutinan cinco carriles abarrotados de coches, furgonetas, buses... un sindiós! Por si esto fuese poco hace un calor de los mil demonios y el viaje nos resulta larguísimo, y en esas condiciones, casi insufrible. De repente, el oráculo William se digna a hablarnos y nos dice que haremos una parada para repostar combustible. Nos deja en un curio y desaparece. Miramos, negociamos, compramos y William sin aparecer. Los muchachos de la tienda nos hablado de sus equipos favoritos de fútbol. Uno es del Ajax y el otro del Atletic de Bilbao porque, palabras textuales, es el único que no tiene jugadores extranjeros, sólo españoles. Con dos cojones. Tras las compras, nos invitan a sentarnos con ellos y seguir charlando mientras nos tomamos unas cocacolas. Quieren saber todo de nuestra forma de vida y no parece disgustarles hasta que llega la pregunta de si el Costillo tiene otras mujeres. Y él contesta que no, que conmigo tiene más que de sobra. Y le quedan mirando como si fuera un extraterrestre, pensando que es tonto de remate por no tener por lo menos cuatro mujeres, como su padre (el de los chicos, no el del Costillo, eh!). El Costillo les contesta que tengo tanto carácter que cinco como yo le llevarían a la quiebra mental. Yo me hago la sueca. Hay temas que no van conmigo. Uno de los hermanos es pequeño y le regalamos un cepillo de dientes que toma en sus manos como si fuera la llave de la felicidad. Lo primero que hace cuando ve a su Mamá es mostrarle lo que le hemos regalado. William sigue sin dar muestras de vida, así que seguimos charla que te charlará. Nos cuentan que detrás de la tienda tienen el taller, que esto es una empresa familiar y todos trabajan en ella. Vemos cómo hacen las figuritas y nos quedamos bobos con el estilo que uno de ellos tiene para pintar. Hace cuadros realmente hermosos. Nos tiramos allí cosa de una hora. Cuando pensábamos que William nos había dejado tirados, apareció en plan aquí no ha pasado nada y continuamos la ruta, en el mismo tono, claro, porque no volvió a abrir la boca. Nosotros tampoco.



El paisaje es ahora muy seco, hay muchos poblados y casuchas aisladas, muchas tribus, que visten ropas muy diferentes a las de los masais. Todo el verdor ha quedado atrás y ahora el paisaje es tan seco que parece que estamos en el desierto. Llegamos a Amboseli y el desierto se manifiesta de forma cruel. La primera impresión es de vacío absoluto. No hay nada, ni una planta ni un árbol. Todo es polvo y más polvo y a veces ni siquiera podemos mirar por las ventanas... bueno, mirar sí, pero no conseguimos ver nada. Vemos algunos animales y se nos parte el alma pensando qué comerán, porque no hay nada a la vista. Llegamos al lodge cuando ya es noche cerrada. El Ol Tukai tiene un ambiente colonial total. En la recepción, una sala inmensa profusamente decorada con motivos africanos (no van a ser asiáticos) nos reciben con la misma amabilidad de siempre y un riquísimo jugo de frutas. El momento clave se acerca y yo me digo que mejor me entretengo haciendo fotos de esa cantidad de objetos que querría tener en casa, mientras el Costillo y William se sientan a parlamentar. Aquí os lo digo y podeis creerme, el Costillo de mala hostia impresiona y acojona y en esos momentos William hasta me daba un poco de pena. No le chilló ni nada de eso. No hace falta. Te clava la mirada de tal forma que es como si te estuviera taladrando y no encuentras hueco donde esconderte. Al final terminó siendo una conversación casi de padre a hijo. Le leyó la cartilla de arriba a abajo. Le dijo que iba a tolerar que nos tomase por gilipollas y le advirtió, de forma tajante, de que si seguía con esa actitud tarde o temprano tendría problemas, que si en lugar de pretender jugárnosla a nosotros, le hubiera hecho esto a un yanqui recalcitrante se habría visto envuelto en un buen lío, y que no merecía la pena perder el trabajo, menos aún la dignidad, por un puñado de euros. William decía a todo que sí, que sí, pero no respiró tranquilo hasta que el Costillo le dijo que no queríamos que nos devolviera el dinero. Podría quedárselo. Lo heho, hecho está. Ahora bien, si quería ver propina tendría que cambiar de actitud desde ya. No estábamos dispuestos a tolerar ni una mala cara. Hemos sido pacientes, hemos tenido buen rollo contigo, ahora te toca ganarte nuestro respeto. Si al final del viaje estamos contentos con tu trabajo, recibirás una buena propina, sino no verás ni un chavo. El chico se deshacía en disculpas y prometió cambiar. Eso, claro está, no estaba en nuestras manos. Nos conformábamos, y no nos parecía poco, con que no nos amargarse el resto del viaje.

Más relajados, dejamos que nos acompañasen hasta nuestra habitación, con vistas al Kilimanjaro, que tendrán que esperar para mañana porque ahora es noche cerrada y ni siquiera podemos adivinarlo. Aquí son casitas, y en cada una hay dos o tres habitaciones. Tuvimos que atravesar buena parte del jardín, observando cómo los aspersores conseguían teñir de verde el “desierto”, pero finalmente llegamos. Nos pegamos una ducha que nos dejó como nuevos, nos hicimos unas risas con la pedazo bronca que le cayó a William y nos fuimos a cenar. La comida deliciosa, pero nos sorprendimos añorando a los chicos del Maili Camp y sus detalles. Después de cenar nos dimos una vuelta por el edificio principal y fuimos hasta la tienda. Más tarde y ya en cielo de nuevo nos tomamos unos cafetones en la terraza del jardín mientras escuchábamos a las bestias. A pesar de que hay unos alambres electrificados por todo el contorno del lodge, lo cierto es que acojona un poco pensar que estás en medio de ninguna parte. Con nuestras divagaciones nos fuimos a dormir. El día había sido agotador. Mañana será otro día!

Continuará...

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miércoles, 19 de noviembre de 2008

Masai Mara II, Jueves 18 de septiembre. Día 10.

A Domi,
para que vuelva pronto a casa.


A pesar de lo que pueda parecer y aunque algunos me llamen exagerada, la idea de pasarme la noche en una tienda de campaña (por muy cuidados que tuviera ésta los detalles) no me seducía lo más mínimo. Que una cosa es ir de acampada a algún pueblo perdido y otra hacerlo en medio de tanta bestia como había visto el día anterior. Que no pensaba yo que un búfalo fuese a invadir nuestra intimidad, pero una serpiente asquerosa o bichejos varios... quién sabe? Y ya que no me dio por pensar en cocodrilos y el río que teníamos justo enfrente... Contra todo pronóstico, la noche fue buena, la cama comodísima y me levanté como una rosa, sintiéndome un poco ridícula por haber tenido miedo. Nada más salir de la tienda nos encontramos con los inmensos globos con los que algunos deciden hacer un safari diferente. Nosotros teníamos muy claro que no lo haríamos, porque yo no soporto las alturas (gracias a mi viajecito a Benidorm). Observándolos e imaginando las increibles vistas de las que disfrutarían me dio un poquillo de envidia, pero poca, porque temblaba sólo pensando en estar ahí arriba. Desayunamos y nos reunimos con William. Hoy no volveríamos para comer, nos llevaríamos la comida y estaríamos todo el día disfrutando de la Naturaleza. El día anterior William nos dio a elegir entre hacer dos game drive, uno por la mañana y otro por la tarde, regresando al restaurante para comer, o llevarnos la comida y quedarnos todo el día por ahí. Obviamente elegimos lo segundo. Nos dijo que eso tenía un coste extra, por el combustible. Nada para él. Nos extrañó un poco, pero le dijimos que sí. Ya habría tiempo de arreglar esas "pequeñas" diferencias. Ahora no había tiempo que perder, así que, cámaras preparadas y acción!














Lo del día anterior no había sido un espejismo, y hoy volvemos a encontrarnos con miles de ñúes y cebras por todas partes. Ellas, con sus rayas de diseño, colocadas siempre de forma estratégica para tener todos los frentes bajo control, ellos con sus barbas imposibles y su pinta de escritor bohemio trasnochado. Montones de faisanes, gacelas, topis van llamando nuestra atención en el trayecto hasta que nos topamos con una familia de once elefantes, inmensos, dándose la panzada padre a hora bien temprana. Nos encontramos con los investigadores estadounidenses que están estudiando las hienas en varias ocasiones. Más allá aparecen las mamás elefantes y sus bebés y un elefante solo, inmenso, que las sigue, buscando grupo. Y es que no sólo los humanos nos volvemos odiosos con nuestros semejantes, también ciertos animales expulsan a los suyos del grupo... y por estas tierras un animal solo es presa fácil para los depredadores.















Seguimos nuestro camino e interrumpimos, momentáneamente, la siesta de dos leones macho, que nos lanzan una ojeada y siguen a lo suyo: durmiendo! Y es que estarán cansados, aunque yo no sé de qué, si las que cazan son las hembras, las que se hacen cargo de los bebés son ellas... y así con todo, menos a la hora del “tema”, que debe ser para lo único que se despereza el rey de la selva.


Justo al lado del camino nos encontramos con una leona, sola y herida, que nos parte el alma en cuatro. Al principio nos extraña un poco que se quede tan quietecita y sin quitarnos la vista de encima, pero luego observamos que al acercarse a un riachuelo a beber, va cojeando. Bebe y nos vuelve a mirar, decide que no le gustamos demasiado y se va. Al saltar el riachuelo podemos comprobar que tiene algo en la pata izquierda, no sabemos si una herida, o algo clavado. Sea lo que sea no le permite apoyar bien la pata. Se pasea ante nuestras narices. Le preguntamos a William si nadie se hace cargo de los animales heridos, y aunque nos dice que puede ser que los rangers lo cierto es que no me creo nada y sufro imaginando el final que le espera a la pobre leona. Supongo que es el precio que hay que pagar por vivir en libertad, pero aún así rezo para que alguien se haga cargo de ella, le cure la pata y pueda seguir haciendo su vida. Después despierto y me doy cuenta de que las cosas no son así, de que por mucho que me joda, nadie va a curar a ese animal. Con suerte la herida curará antes de caer presa de otros animales.
















Aparece otro elefante, inmenso y muy viejo, que también busca grupo. Más allá un grupo inmenso, de unas veinte o veintidós jirafas. William nos explica que cuando se juntan tantas hembras es porque están en celo, pobre del macho que pillen!. Llegamos a una especie de laguna y nos quedamos muertos viendo una estampa de postal: dos leonas descansan mientras sus bebés hacen de las suyas. Y no puedo evitar acordarme de Boo, Chipie y Snake, pues ponen las mismas poses que ellos, las más imposibles y seguro las más cómodas!. Una de las leonas decide que ya está bien de zanganear y que el cuerpo le pide juerga. Se pasea ante el león, pero éste pasa. La otra leona comienza a contonear su bellísimo cuerpo por el borde de la laguna hasta llegar hasta donde estamos nosotros. Nos echa un vistazo y sigue su camino hasta un arbusto que hay justo al otro lado del grupo de coches que nos hemos juntado para observarles. En el camino no ha obviado pasar cerca del león para que él sepa lo que está buscando. Él sabe que ella está en celo y se dedica a olisquear cada lugar en el que ella ha estado, la busca sin descanso, se mete entre los coches aparcados, sube a una pequeña colina, vuelve a bajar. Este huevo sal quiere! Pero está tomándose tanto tiempo que no podemos esperarles indefinidamente y nos vamos de allí sin haber visto “sexo duro”. En uno de los coches había una gente que debían ser de alguna revista o algo porque llevaban unas pedazo de cámaras (algunos dos por cabeza) con unos objetivos más largos que mi brazo (y no soy bracicorta). Tremendos aparatos. Que yo le decía al Costillo que con eso podrían verles hasta las caries, si las tienen.
















Seguimos avanzando y en el camino nos encontramos con un numeroso grupo de babuinos. Qué simpáticos son los monos, es que me chiflan! Hay mamás, papás, bebés... un surtido completito. Dos de ellos se van jugando al pilla-pilla mientras las mamás cargan con las crías y los padres se encargan de controlar la seguridad. Muy organizado todo. Tan organizados son que hasta el culete les cambia de color a las hembras cuando están en celo. Se pone tan colorado y tan como todo fuera que da bastante asco, la verdad. Aunque seguro que el mono macho no piensa lo mismo que nosotros.



























También podemos ver un grupo de waterbuck (no sé su nombre en español), un animal precioso, realmente bello. El grupo parece ponerse de acuerdo y nos regalan una preciosa foto... de sus traseros!. Podemos hacer, por fin, una foto decente de la preciosa cara del cerval. Esto sí es un trofeo! No os mentía cuando dije que tiene una belleza fuera de lo normal, no?















Llegamos al mojón que marca la frontera entre Tanzania y Kenia, Serengeti y Masai Mara. Hacemos las típicas gracias del mira con tengo un pie en cada país! Un poco más allá nos encontramos con un río lleno de hipopótamos. Nos bajamos del vehículo para observarlos mejor, ahí, tan tranquilines que están en el agua, dan ganas de ir saltando por encima de ellos, como si fuesen piedras. Aunque mejor no intentarlo porque vaya genio deben de tener estos bichos!. También podemos avistar un cocodrilo, de lejos, afortunadamente. En esa zona hacemos un paseo a pie acompañados de un ranger, mientras William nos espera sentado a la sombra con otros guías y más rangers. El ranger nos lleva hasta el lugar por el que pasa la migración, nos muestra las huellas. A pesar de ir con alguien armado noto el peligro recorriendo cada poro de mi piel, y me siento una aventurera (vamos, que soy como Antoñita la fantástica pero sin estudios de biología). Le damos su propina y nos vamos, no sin antes pensar que ha estado bien, pero William nos ha intentado tomar el pelo, pues no es nada “diferente” a lo que están haciendo otros turistas. De hecho, vemos a los japoneses de nuestro hotel allí. Que, por cierto, a estos japos se les va la olla, pero mucho. Dos de ellos, bastante jóvenes, allí andaban haciendo esas fotos tan “típicas” suyas con sus posturitas, justo al lado del río, cuando el ranger les dice que ojito, que hay cocodrilos. Y ellos, con cara de flipar todo y los ojos más “achinados” todavía, se quedan muertos de la impresión.
















Estamos dentro del área del County Council of Transmara, donde hay una caseta para las personas que trabajan en la conservación del Parque. Subimos unas minicolinas y nos damos de frente con una preciosa cheeta y sus dos bebés. Son realmente preciosos. Están tumbados bajo un arbusto, semicamuflados, pero sin perder detalle de lo que pasa a su alrededor. Hacemos una parada para comer, bajo la sombra de una preciosa acacia. La comida está rica y es muy variada, aunque a mí me sigue haciendo gracia que el menú incluya una pata de pollo! Hay más gente por los alrededores, todos han parado para comer. Coincidimos otra vez con los japoneses y veo la imagen más patética del viaje: a una de ellas no se le ocurre mejor idea que ponerse a lavarse los dientes allí mismo. Tiene que haber de todo.














El cielo, que había estado espléndido durante toda la jornada, se está empezando a poner peligrosamente negro y, aunque los contrastes serán buenísimos para las fotos, la verdad es que amenaza con descargar una tormenda de tres pares. En el camino, impalas, leones hembra y macho, y al fondo, muy a lo lejos, una especie de pueblo donde los trabajadores de los lodges y del Parque hacen sus compras, van a la peluquería... vamos, salen un poco de la vida salvaje. Continuamos la ruta y regresamos hacia la misma caseta que habíamos visto antes. A pocos metros de allí está el Río Mara y el lugar por donde atraviesan las migraciones. El olor es absolutamente abominable. Huele a muerte, a cadáveres, a piltrafa, a... no sé a qué huele, pero jamás había olido nada tan repugnante. Cuando la migración pasa por allí no sólo los cocodrilos y otros animales hacen su agosto dando muerte a lo que pueden, sino que además, como son tantos miles de animales en estampida (seguro que habréis visto las imágenes en algún documental), muchos perecen bajo la avalancha de patas que se les vienen encima. Podemos observar cómo los buitres y los marabúes hacen su fiesta particular. Hay cientos de pajarracos dándose la gran panzada.














Un grupo de búfalos macho nos regalan una bella estampa, superada sólo por la de una familia completa, con madres, un macho, un bebé. Hay jabalíes por todas partes, como si estuvieran celebrando una boda y se hubiera reunido toda la familia. El chacal sigue cazando mientras las mangustas miran asustadizas hacia todas partes. Más elefantes, cinco muy cerca y dos más alejados. Pájaros de un color violeta absolutamente divino y otros con patitas muy finas y de un amarillo chillón, más pájaros secretario y algunos que mezclan tantos colores que parecen imposibles. El Mara es una explosión de vida y sobre el verde de sus llanuras puedes encontrarte de todo... hasta una pareja de leones de luna de miel (así es como les dice William).

Regresamos al hotel más que satisfechos, felices, radiantes, rebosando una emoción que difícilmente podremos olvidar. Decidimos tomarnos unos cafetines antes de ir a ducharnos y nos sentamos en el mismo lugar del día anterior, porque así, mientras bebemos podemos observar a los monos que no paran de pasar por encima de nuestras cabezas. Allí está el japonés más raro del mundo mundial (que parece salido de un manga), que se pone a hablar con nosotros, muy atento. Mientras charlábamos oímos un golpe seco y muy sonoro. Un monito se había caído al saltar de una rama a otra. Es muy pequeño y hay mucha altura, más de cuatro metros, desde la rama al suelo. Todavía no nos ha dado tiempo a reaccionar cuando aparece mamá mono y, a la velocidad del rayo, carga a su hijo en brazos y desaparece entre las ramas. Cuando volvimos a verles pasados unos minutos el pequeño iba tan agarrado que temí que pudiera llegar a arrancarle la piel a su madre. Pobrecillo! Ese árbol inmenso del que se ha caído nuestro amigo está rodeado por unas escaleras que llevan a una bonita terraza. Subimos hasta allí para contemplar las vistas y nos llevamos, en el mismo lote, no sólo un paisaje inenarrable sino también una sección de sexo, rapidita, eso sí, entre monos. También vemos a un mono de cara negra, que no sé porqué les llaman así y no hacen referencia a otros colores, digamos, más llamativos que tienen.

William viene para hablar de los “problemillas” con el programa, y que tienen al Costillo comiéndose un poco la cabeza. Nos han cambiado (sin previo aviso) el camp en Tsavo y el hotel en Mombasa en el que habíamos reservado suite con cocinero privado y todas las comidas incluidas aparece como habitación normal y sólo media pensión. Él promete arreglar todo. El Costillo que ya estaba algo mosqueado con esto y que ahora está más que cabreado con William por intentar tomarnos el pelo, se pone en contacto con la agencia en Holanda. La mujer flipa, pero flipa. Ella no tiene noticia del cambio de camp (que nos han justificado porque hay un problema con las vacas de los masais y los elefantes, que resulta que los masais han ido para allá, las vacas se comen lo que tendrían que comerse los elefantes, los masais atacan a los elefantes y éstos están de lo más agresivo. No es recomendable tener gente por allí). Nos jode, y mucho, porque allí teníamos un game drive nocturno. Nos aseguran que el otro camp, que es de los mismos dueños es igual de bueno, pero eso no quita que tendrían que habernos avisado. Ella nos confirma que efectivamente tenemos derecho a todo eso en Mombasa, y que estará al tanto para que sea como hemos reservado (y pagado, of course). Además, el Costillo le cuenta el “detallito” de William: hemos tenido que pagar por el game drive de hoy (mi Costillo, que es muy espabilado, se ha hecho el tonto al contárselo), para el combustible, no para el guía. Ella empieza a mosquearse. El Costillo le sigue contando que el guía nos había dado dos opciones. Ella le dice que nones, que la opción por la que habíamos pagado ya (con el resto del viaje) era justamente la que habíamos hecho. Él le cuenta que, según el guía, hay un gasto extra de combustible. Ella está que ya no puede creérselo, enfadadísima. El Costillo le dice que vaya arreglando los otros temas, que de ese se encargará él (aquí puso hasta cara de mafioso, que yo temblaba pensando que fuera a hacer algo... que pareciese un accidente).

Finalmente, tras tantas aventuras y negociaciones nos vamos a la tienda, nos damos una ducha y nos sentamos en la terraza a contemplar cómo trabajan los cientos de pajaritos que están haciendo nido sobre el río que tenemos enfrente hasta la hora de la cena. Oliver vuelve a recibirnos en el restaurante. Nos ponemos como el kiko y tras los cafetines de rigor nos volvemos a la tienda. Estamos agotados. Realmente, coincidiendo con los días que llevamos aquí, este ha sido un día diez. Seguro que esta noche dormiré a pierna suelta!!


Continuará...

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lunes, 1 de septiembre de 2008

En el fondo del mar, matarile rile rile...

A veces una tiene la sensación de que se están riendo de ella. En ocasiones, esa irónica carcajada no sólo afecta a quien escribe, sino que se extiende a unos cuantos desconocidos que se ven o verán obligados a pasar por una situación, sino exacta, similar.


A finales de febrero envié mi voto por correo para las elecciones generales que se celebraron el día 9 de marzo. Como residente en el extranjero, aparte de todas las papeletas y los sobres correspondientes, recibí una carta en la que se me informaba de lo que tendría que hacer para que el Estado me reembolsase el dinero empleado en certificar mi voto. La normativa electoral garantiza a todos los ciudadanos españoles la gratuidad del voto por correo, independientemente del lugar de residencia. También a los que estamos fuera, no sé muy bien si para que votemos en las mismas circunstancias que los nacionales que viven en España o para que no haya quien se desanime y “pase” de votar por no gastarse unos euros (que estamos en crisis!!). Así, en el mismo sobre en el que iban las papeletas elegidas para el Congreso y el Senado, envié mis datos y los costes del certificado, para que en su día me fueran devueltos. Bien entrados en junio, concretamente a finales de dicho mes, recibí una carta de Correos en la que se me recordaba mi participación en las Elecciones Generales y a la que acompañaba un cheque nominativo por un valor ligeramente superior al que yo había abonado al realizar el franqueo, señalando que ese importe había sido calculado como “comsión media cobrada por los bancos de su país de residencia con el fin de garantizar el importe íntegro de los gastos en los que Vd. incurrió”. Añadía la misiva que el “cheque podrá hacerlo efectivo, previo depósito del mismo en su cuenta habitual”.
Hasta ahí todo correcto y dentro de lo que señala la normativa electoral. Y digo hasta ahí porque el resto fue, cuando menos, esperpéntico. De camino al super, entramos en nuestro banco, le mostramos a la señorita el cheque y le informamos, aunque es obvio, de que nuestra intención es cobrarlo. Ummm, la señorita mira el cheque con ojos golosos (no por el importe, válgame dior, que apenas daría para ir al cine) sino porque esta es una de las situaciones que más les gustan a los trabajadores de banco (sino a todos, sí a la mayoría, y a los hechos me remito). “Ya, claro, pero creo que tienen un pequeño problema”. Y nosotros, “y cuál es él, señorita?”. Y ella, bueno, pues que este tipo de cheques han de ser enviados [no recuerdo exactamente el sitio, pero era o Amsterdam o La Haya] y el importe POR COBRAR el cheque asciende a 40 euros. Y claro, vista la cantidad, no sé si les interesa”. Y nosotros con cara de esta se está quedando con nosotros, la volvemos a mirar y le decimos que, obviamente no nos interesa, cómo va a interesarnos cobrar un cheque si tenemos que pagar mucho más de su importe en concepto de algo que se nos escapa. Gracias, buenos días y adiós.


Bueno, no pasa nada, cuando vaya a España lo cobro y listo pisto motoristo. Llegan las ansiadas vacaciones y me presento en la piel de toro, cheque en mano, en una oficina del BBVA (banco señalado en la carta que Correos tan atentamente me envió como medio a través del cual se realizaría el reintegro). Espero el tiempo oportuno (no demasiado, si he de ser sincera) y pasa a atenderme un hombre francamente agradable. Buenos días, buenos días, venía a cobrar esto. “Ah, vale. Ups. Pero esto qué es?? Maripuri (nombre ficticio para preservar la identidad de la compañera) tú has visto alguna vez un cheque como este?”. Y ella con cara de pócker, negando pero pensando a la vez “En mi puta vida”. Empezamos bien.


Como os dije, el hombre que me atendió era tremendamente amable (hasta hablamos de gatos y todo. Él tiene tres y les echa terriblemente de menos porque se han quedado en la casa maternal mientras él desempeña ese trabajo, no sé si de forma temporal o cubriendo una suplencia o buscando permanencia para traerse consigo a los mininos. Hubo buen rollo pero tampoco tanto como para preguntarle por sus circunstancias laborales), así que se dispuso a encontrar la forma de abonarme mi, a estas alturas ya, famoso cheque. Llamadita por aquí, e-mail por allá, más llamaditas, más buscar información, más mails… para llegar a la conclusion de que no me lo podían hacer efectivo, una hora después. Señalo y dejo constancia, sin querer ser prepotente, que mi tiempo (y el de cualquiera de ustedes) vale bastante más que el importe del cheque. Y si prueba usted a ir a su banco, me dice el buen hombre. A lo mejor allí no le supone tantos inconvenientes. Digo, bueno, vale. Gracias por su ayuda, blablabla. Por favor, si no se lo hacen efectivo, vuelva por aquí a ver qué podemos hacer. Olé chaval, viva tu madre, no soy cliente tuya pero me has tratado como nunca me han tratado los mamarrachos de la oficina con la que trabajo desde hace más de veinte años. Me dirijo hacia “mi” banco pensando en mandarlos a la mierda y cambiar la cuenta y los dineros al banco donde trabaja este señor. Llego allí y expongo OTRA VEZ toda la historia del bendito cheque. La chica lo mira y dice, poniendo cara de buffff, “oye Fulanito (director del banco) tú has visto alguna vez un cheque como este?”. Y él, a ver, pásamelo. Lo mira, lo remira. Que no, que no se lo podemos abonar aquí. Mejor váyase otra vez al BBVA para que allí se lo hagan efectivo. Vale, muy bien, buenos días, ya que sois patéticos al menos me habéis robado “sólo” diez minutos de mi tiempo.


Regreso al primer banco. El chico me ve y me hace una seña para que vaya hasta su mesa, sin colas. Me pregunta. Le contesto, pone cara de rebuffffffff y se dice interiormente que por sus cojones ese cheque se hace efectivo sí o sí. Más llamadas, más e-mails, más de todo, más charla. Al cabo de otros buenos cuarenta minutos me dice si tengo algún recado que hacer por ahí. Le digo que sí. Me dice, pues si quiere, hágalos y a ver si mientras soluciono esto. Que si no me importa dejar allí el cheque y la carta. Y yo, no, no, para nada (ya ves, si fuera un décimo premiado de la lotería te lo iba a dejar a ti, salao, pero el cheque que me tiene hasta el mismo moño ahí te queda. Suerte). Me voy, hago todaaaaaaaaaas las cosas que tenía pendientes para esa mañana y vuelvo al banco. Hay avances!!! Ha encontrado otro cheque igual que el mío, creo que en Málaga. Oleee, ya tenemos una pista. Ah, pero es que aquel tampoco lo han podido pagar. Pues estamos bien. Más llamadas, más e-mails y decido irme a casa, dejarle allí el cheque y la carta y que haga lo que pueda. Le doy las gracias y mi número de teléfono. Si hay noticias, please, me lo comunicas. Sí, ya nos tuteamos, creo que eso al menos nos lo hemos ganado. Perdona por las molestias. Nunca me había pasado algo así. Nada, hombre, tranquilo. Tú has hecho lo que has podido.


Llego a casa de una mala hostia considerable, dispuesta a poner a los de Correos de vuelta y media. Cojo la fotocopia de la carta que me hizo el chico del banco, busco el número y llamo (probablemente hasta esa llamada haya costado más dinero del señalado en el importe del cheque, pero me da igual, ya es cuestión de principios). Me atiende una mujer bastante sosa, todo hay que decirlo. Le explico la historia de pe a pa, que no he podido cobrarlo en mi país de residencia, pero tampoco en España, ni en mi banco ni en el librador del cheque. Qué raro, dice. “Oye Isabel…”. Se vuelve a poner al teléfono y me dice que les envíe el cheque y mi número de cuenta (a poder ser en España, por los gastos, me dice), y que me harán el pago mediante ingreso a cuenta. Buenos días y adiós. Muy agradable debes ser tú, reina… a la hora de comer! Envío la carta y llamo al chico del banco. Le cuento la película. Me pide disculpas nuevamente, en su nombre y en el del Banco. Entiende que es un atropello y me desea suerte. Me va a hacer falta. El dinero todavía no ha llegado a mi cuenta.


Soy cabezona y cuando algo se me mete en la cabeza no paro hasta que lo consigo. Todo este zipizape, vive dior, no lo vale el cheque ni el que lo fundó, pero es MI dinero. Y me pregunto, cuántos españoles vivimos fuera de España? Cuántos hemos ejercido nuestro derecho al voto en las pasadas elecciones? Cuántos han pasado por lo mismo que yo al cobrar el cheque? Quién se está quedando ese dinero??? Porque la cantidad que a mí me corresponde es ridícula, sí, pero esa cantidad multiplicada por todos esos españoles residentes en el extranjero debe ser, cuanto menos, escalofriante.


Si ese dinero quedase para las arcas del Estado y con él se hiciesen cosas buenas pues mira, tira que te vas, que se queden con lo que a mí me corresponde. Pero el problema es que yo no sé quién se lo va a quedar ni en qué concepto. Además del hecho de que se supone que la ley nos garantiza una gratuidad que no es cierta. Nos están engañando??


En fin, que si no lo suelto reviento. Prometo teneros al día si se producen novedades, algo que, por otra parte, dudo bastante. Quizá el cheque y su importe estén en el fondo del mar, como las llaves…