Desandando el camino andado, volvemos a pasar por algunos lugares que
Pasamos por lugares más poblados, pueblos de dimensiones ya
considerables, en los que las casitas parecen algo más resistentes que las cabañas que hemos visto en otras zonas. Los tonos algo tristes de las casas contrastan con la ropa tendida casi ante cada hogar, poniendo una nota de color en el paisaje, que sigue siendo verde, aunque no tanto. El burro, pequeño y precioso, sigue siendo el animal más visto en estos lugares. A mí me da por recordar todos esos burritos que ya no queremos en el mundo “civilizado” y me pongo pelín nostálgica. Afortunadamente se me pasa pronto observando las caritas preciosas que tienen los que nos encontramos.
Llegamos nuevamente a Nairobi y nos plantamos en el Carnivore de nuevo. Estamos salivando desde que subimos al coche, recordando la
En el Carnivore tampoco nos encontramos con el hombre este y ya
Volvemos a sufrir las de Caín para poder abandonar la ciudad. El tráfico es infernal y en una carreterucha de mala muerte se aglutinan cinco carriles abarrotados de coches, furgonetas, buses... un sindiós! Por si esto fuese poco hace un calor de los mil demonios y el viaje nos resulta larguísimo, y en esas condiciones, casi insufrible. De repente, el oráculo William se digna a hablarnos y nos dice que haremos una parada para repostar combustible. Nos deja en un curio y desaparece. Miramos, negociamos, compramos y William sin aparecer. Los muchachos de la tienda nos hablado de sus equipos favoritos de fútbol. Uno es del Ajax y el otro del Atletic de Bilbao porque, palabras textuales, es el único que no tiene jugadores extranjeros, sólo españoles. Con dos cojones. Tras las compras, nos invitan a sentarnos con ellos y seguir charlando mientras nos tomamos unas cocacolas. Quieren saber todo de nuestra forma de vida y no parece disgustarles hasta que llega la pregunta de si el Costillo tiene otras mujeres. Y él contesta que no, que conmigo tiene más que de sobra. Y le quedan mirando como si fuera un extraterrestre, pensando que es tonto de remate por no tener por lo menos cuatro mujeres, como su padre (el de los chicos, no el del Costillo, eh!). El Costillo les contesta que tengo tanto carácter que cinco como yo le llevarían a la quiebra mental. Yo me hago la sueca. Hay temas que no van conmigo. Uno de los hermanos es pequeño y le regalamos un cepillo de dientes que toma en sus manos como si fuera la llave de la felicidad. Lo primero que hace cuando ve a su Mamá es mostrarle lo que le hemos regalado. William sigue sin dar muestras de vida, así que seguimos charla que te charlará. Nos cuentan que detrás de la tienda tienen el taller, que esto es una empresa familiar y todos trabajan en ella. Vemos cómo hacen las figuritas y nos quedamos bobos con el estilo que uno de ellos tiene para pintar. Hace cuadros realmente hermosos. Nos tiramos allí cosa de una hora. Cuando pensábamos que William nos había dejado tirados, apareció en plan aquí no ha pasado nada y continuamos la ruta, en el mismo tono, claro, porque no volvió a abrir la boca. Nosotros tampoco.
El paisaje es ahora muy seco, hay muchos poblados y casuchas aisladas,
muchas tribus, que visten ropas muy diferentes a las de los masais. Todo el verdor ha quedado atrás y ahora el paisaje es tan seco que parece que estamos en el desierto. Llegamos a Amboseli y el desierto se manifiesta de forma cruel. La primera impresión es de vacío absoluto. No hay nada, ni una planta ni un árbol. Todo es polvo y más polvo y a veces ni siquiera podemos mirar por las ventanas... bueno, mirar sí, pero no conseguimos ver nada. Vemos algunos animales y se nos parte el alma pensando qué comerán, porque no hay nada a la vista. Llegamos al lodge cuando ya es noche cerrada. El Ol Tukai tiene un ambiente colonial total. En la recepción, una sala inmensa
profusamente decorada con motivos africanos (no van a ser asiáticos) nos reciben con la misma amabilidad de siempre y un riquísimo jugo de frutas. El momento clave se acerca y yo me digo que mejor me entretengo haciendo fotos de esa cantidad de objetos que querría tener en casa, mientras el Costillo y William se sientan a parlamentar. Aquí os lo digo y podeis creerme, el Costillo de mala hostia impresiona y acojona y en esos momentos William hasta me daba un poco de pena. No le chilló ni nada de eso. No hace falta. Te clava la mirada de tal forma que es como si te estuviera taladrando y no encuentras hueco donde esconderte. Al final terminó siendo una conversación casi de padre a hijo. Le leyó la cartilla de arriba a abajo. Le dijo que iba a tolerar que nos tomase por gilipollas y le
advirtió, de forma tajante, de que si seguía con esa actitud tarde o temprano tendría problemas, que si en lugar de pretender jugárnosla a nosotros, le hubiera hecho esto a un yanqui recalcitrante se habría visto envuelto en un buen lío, y que no merecía la pena perder el trabajo, menos aún la dignidad, por un puñado de euros. William decía a todo que sí, que sí, pero no respiró tranquilo hasta que el Costillo le dijo que no queríamos que nos devolviera el dinero. Podría quedárselo. Lo heho, hecho está. Ahora bien, si quería ver propina tendría que cambiar de actitud desde ya. No estábamos dispuestos a tolerar ni una mala cara. Hemos sido pacientes, hemos tenido buen rollo contigo, ahora te toca ganarte nuestro respeto. Si al final del viaje estamos contentos con tu trabajo, recibirás una buena propina, sino no verás ni un chavo. El chico se deshacía en disculpas y prometió cambiar. Eso, claro está, no estaba en nuestras manos. Nos conformábamos, y no nos parecía poco, con que no nos amargarse el resto del viaje.
Más relajados, dejamos que nos acompañasen hasta nuestra habitación, con vistas al Kilimanjaro, que tendrán que esperar para mañana porque ahora es noche cerrada y ni siquiera podemos adivinarlo. Aquí son casitas, y en cada una hay dos o tres habitaciones. Tuvimos que
Continuará...
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