
Tras un día agotador, recorriendo los lugares dignos de ver en Mombasa, llegaron otros en los que lo único que hicimos fue disfrutar del sol y de la playa, de las fantásticas comidas en los restaurantes del resort y las alucinantes cenas de Dorkas. Los diecisiete días previos nos dejaron realmente agotados, fueron tantas las sensaciones que vivimos que necesitábamos un kitkat y el Pinewood resultó el lugar ideal para tenerlo. A pesar de seguir madrugando cada día, aunque menos que cuando salíamos de game drive, porque el

Costillo es de los que piensan que levantarse a las siete no es madrugar. Desayunar como reyes disfrutando de la compañía de Ginger, o partiéndonos de risa con sus intentos frustrados de cazar algún pajarillo, que ya estábamos viendo cuándo un día caía al agua. Tomarnos cafetines en alguna de las terrazas del resort, aunque solíamos elegir siempre la misma, una que estaba rodeada de una especie de lago en la que cientos de pajarillos se dedicaban hora tras hora a construir sus casitas. Qué arquitectos están hechos! Era un gustazo verles buscar el material que más tarde formaría parte de su hogar. Las filigranas que hacían para colocar la ramita en el sitio justo y lo precioso del resultado. Me quedé con ganas de traerme alguna bolita para el árbol de navidad, pero claro, tampoco era plan dejar sin vivienda a trabajadores tan esforzados como ellos.






Mientras nosotros nos dedicábamos a admirar su laboriosidad y a hacerles
fotos, Ginger se relamía los bigotes y asumaba su cabecita por la barandilla, intentando alcanzar con sus garras a alguno de los “obreros”. Afortunadamente no lo consiguió! En el centro del agua había una gran tinaja de terracota en la que, según pudimos observar, los camareros del hotel colocaban comida para los pajarillos (sería para ahorrarles el trabajo de buscarla, que ya tenían bastante con las construir sus casitas). Pero nos preguntábamos una y otra vez cómo harían llegar la comida hasta allí, pues era inaccesible desde cualquier orilla. Una mañana un camarero despejó el misterio: se colocaba en la barandilla y desde allí, uno a uno, iba lanzando los trozos de pan... y así hasta vaciar un saco! No todos caían en la tinaja, pero su puntería nos dejó alucinados, pues pocos tiros falló. También comprendimos el porqué estaba en el medio del agua: ni monos ni gatos podían acceder a esas viandas, que eran exclusivamente para los pájaros.


El mayor problema que tuvimos esos días era decidir si nos tirábamos a la bartola en las tumbonas de la piscina o en las de la playa. Eso es vida y lo
demás cuentos! En la playa estaban los temidos beach boys. Que al contrario de lo que pueda parecer, son hombres la mar de tranquilos, aunque un pelín pesados, todo hay que decirlo, que se dedican a interrumpir tus paseos para intentar venderte lo que sea. Un grupo de ellos incluso tenían su taller sobre la arena y al final decidimos que ellos también tienen que comer, así que nos fuimos hasta allí y les encargamos unos llaveritos de ébano, con las figuras de diferentes animales y el nombre de los destinatarios. Un souvenir original y personalizado que llevaríamos para algunas de las personas importantes de nuestras vidas. También aprovechamos para terminar de leer los libros que habíamos llevado y otros que tenían en la biblioteca del hotel. Comer como cerdines y esperar a la hora de la cena como el que espera alcanzar la gloria. Amén.
Dorkas nos sorprendió cada día con sus platos, con su ternura. Día a día
fuimos conociendo algo de su historia. Estaba casada y tenía tres hijos, más otros dos o tres, ya no recuerdo, de una de sus hermanas, de los que se hacía cargo ella pues su hermana había fallecido. Cuando preparamos el viaje decidimos comprar mucha ropa con la idea de usarla esos días y después dejarla allí, dársela a alguien que pudiera aprovecharla. Dorkas nos pareció la persona ideal. Y no nos equivocamos. Habíamos enviado todo a la lavandería y cuando llegó, tras preparar las bolsas con la ropa de hombre y de mujer, cepillos de dientes (nuevos, of course) y otros productos que no habíamos utilizado o cuyos botes estaban prácticamente completos, le dijimos que aquello era para ella, para sus hijos, para sus sobrinos. No sabía qué decir la pobre. Las lágrimas amenazaban con inundar sus ojos... y los nuestros. Nos pidió un favor más: deberíamos hacer una lista de todas las cosas que le habíamos dado, porque si el vigilante la veía salir con esas cosas, podría tener un problema. Nos pareció indignante, así que el Costillo se puso manos a la obra e hizo una lista completa y descriptiva del
contenido de las bolsas, señalando además su nombre, el número de habitación y dejando bien claro que él le había dado esas cosas a Dorkas. Cuando le dio el papel a Dorkas le dijo que si había algún problema no dudase en hacernos llamar, y que nosotros iríamos a hablar con el vigilante para aclarar cualquier duda. Nos contó que aunque los visitantes suelen dejar alguna propina, no suelen regalar otras cosas, y nos volvió a dar mil veces las gracias. Cuando le dimos la propina, sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Nosotros sólo fuimos capaces de darle las gracias por lo bien que nos había tratado, por lo rico que estaba todo, y decirle que si alguna vez volvíamos queríamos que fuese ella nuestra cocinera!!
Aparte de degustar batidos riquísimos en el bar de la piscina y de tomar el
sol como lagartos, el Costillo todavía guardaba una sorpresa para mí: un masaje en el spa que me dejó como nueva y me hizo sentir como una reina, rodeada de flores y aceites, de olores superagradables y de unas manos expertas que masajearon mi cuerpo desde el pelo hasta la punta del pie. Todavía me estremezco de gusto, oiga! Tras las cenas solíamos acudir al bar de la playa, para tomarnos unos copazos y disfrutar del sonido del mar o de las canciones keniatas (para turistas, añado), que conseguían meterse en tu cabeza como una cantinela sin fin. Y las tardes, tras la ducha y a la espera de la cena, las dedicábamos a reirnos con los monos que venían hasta
nuestro jardín. Qué panda de mamarrachos!! Nos habían advertido de que cerrásemos bien las puertas, pues en cuanto ven una abierta intentan entrar para llevarse lo primero que les llame la atención. Pudimos comprobarlo por nosotros mismos. Sin el menor reparo, en cuanto veían que la puerta estaba un centímetro abierta, allá que se iban. Afortunadamente ni consiguieron entrar ni se llevaron nada, pero nos proporcionaron unas buenas carcajadas. Al principio eran muy tímidos y no se acercaban. Nos observaban desde el gran árbol que estaba en medio del jardín y saltaban de un lado a otro como si estuvieran poseídos por Belcebú. Entonces recordé que en el fondo de alguna de las maletas había una lata
de pringles. Fui a por ellas y empecé a colocarlas sobre la mesa. Ellos no apartaban sus ojitos de mí y el Costillo, que una vez tuvo un mono y sabe de lo que son capaces, me decía que dejase de hacer el garrulo que me iban a dar un mordisco que me iban a dejar tiesa. Como casi siempre, no le hice caso, y seguí a lo mío. Él a una cierta distancia (dicen que el gato escaldado del agua fría escapa, no?), eso sí, cámara en mano. Y los monitos que venían a por las patatas con un descaro alucinante. Primero cogían una y corrían a comérsela lejos de mi alcance (pensarían que yo iba a tocarlos, ilusos!!), pero después el más listo de todos nos dejó con la boca abierta, porque llegó a la mesa, se sentó encima y empezó a comerse las patatas una por una, eso sí, sin quitarnos los ojos de encima. Las mamás mono deben educar muy bien a sus hijos, porque cada una que cogía primero la limpiaba muy requetebien por ambos lados y después se la comía. De verdad que nos hicimos unas risas tremendas.




(he intentado subir un vídeo de los monitos, pero blogger está perruno y no me deja)
Pero todo tiene su fin y llegó el día en que debíamos regresar a Amsterdam.
Los de la agencia vinieron a buscarnos al hotel y nos llevaron hasta el aeropuerto de Mombasa. Desde allí volaríamos hasta Nairobi y desde allí a Schipol. El aeropuerto de Mombasa es pequeño y para poder fumar tienes que andar algo así como kilómetro y medio (fuera del edificio, claro). El de Nairobi es caótico total y las tiendas nos recordaron más a los zocos que a las que se suelen ver en estos lugares. Hicimos las últimas compras de última hora (tabaco, botellica de amarula y alguna cosilla más) y nos preparamos para un largo viaje que nos llevaría de vuelta a casa. Eso sí, no sin antes prometernos que algún día volveríamos!!
NOTA.- Termina aquí el relato de nuestra aventura africana. Le doy las gracias al Costillo por haberme regalado una experiencia inolvidable y por dejarme usar sus fotos para acompañar mis relatos. Al cielo por no tener que interrumpir el viaje (que no las tenía yo todas conmigo), a mi Hermanísimo y mi Cuñá por estar siempre atentos a mis Papis, a cada una de las personas que hicieron posible esta aventura (sí, incluido William). También quiero agradecer a todos y cada uno de los que por aquí habéis pasado vuestra presencia, vuestra paciencia y los comentarios que habeis hecho a un viaje que más bien parecía la historia interminable. Espero que, al menos en alguna ocasión, hayáis podido disfrutar tanto del viaje como lo hicimos nosotros. Gracias!!
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